Los vecinos habían reclamado en varias oportunidades por el tremendo hoyo que había en esa calle, arteria principal a la salida del populoso sector.
El forado estaba casi al lado del paradero, donde trabajadores, oficinistas y estudiantes esperaban la movilización cada mañana.
La arteria absorbía el tránsito motorizado y peatonal de todos aquellos que se levantan antes de las seis de la mañana para salir a hacerle frente a la existencia.
En la época de invierno, el famoso forado se llenaba de agua y no faltaba el vecino solidario que con una madera o simplemente una piedra, instalaba una improvisada señalización para evitar accidentes.
Las esperanzas de que "alguien", léase alguna autoridad, se preocupra del tema ya estaban definitivamente perdidas. Y con esa resignación, a veces tan típica de nuestro pueblo, los vecinos "comprendieron" que las autoridades tenían cosas mucho más importantes de qué preocuparse y a las cuales dedicar su apretada agenda.
Esa mañana era como todas y don Pedro, jornalero ya de varias décadas, tomó su desayuno, le dio un beso a su esposa y montó en su noble bicicleta para dirigirse a la construcción.
Mientras pedaleaba pensaba en lo que vendría, pues la obra ya estaba terminando y quedaba sólo una semana de pega.
-Ya veremos, se dijo y siguió pedaleando.
Acaso no habría en el barrio alguien que conociera mejor que él las imperfecciones de esa calle, tantas veces recorrida.
Sin embargo, al llegar al paradero, iba tan absorto en sus pensamientos, que no advirtió a la micro que venía muy pegada a él y a gran velocidad.
Don Pedro agarró con fuerzas el manubrio de la bicicleta. No quedaba otra alternativa que enfrentar el maldito hoyo. Lo otro habría sido el accidente inevitable y talvez la muerte.
El impacto fue tremendo, nunca pensó que el hoyo fuera tan profundo. Saltó por los aires y su corpachón cayó en la jardinera contigua.
Se paró intacto. Sin un rasguño.
Se acercó a su fiel bicicleta, la "chancha" como él le llamaba y para su asombro comprobó que el vehículo no tenía daños.
Sin embargo, sus ojos se nublaron al comprobar que la inseparable lonchera donde llevaba el almuerzo que su esposa cada día le preparaba, había saltado lejos.
Al ir a buscarla, comprobó que tres perros vagos estaban dando cuenta de su contenido.
-Mala suerte. No será la primera vez que me quedo sin almorzar, pensó.
Recogió el recipiente vacío, subió a la bicicleta y siguió pedaleando.
servido por ricardoruizlolas
4 comentarios
compártelo
Amselmo se lamentó de su mala suerte.
¿Por qué su casa, más bien dicho la que arrendaba, tenía que quedar justo al lado de la escuela básica donde desarrollaba su labor de maestro?.
Las rápidas imágenes de esa mañana de lunes todavía transitan algo confusas en su recuerdo y, de todas ellas, no logra borrar la mirada incrédula de sus alumnos del Sexto Año A.
Recuerda que hacia frío y el tímido sol de la mañana no lograba entibiar el ambiente, ni mucho menos su ánimo que desde hacía varios días se veía sobresaltado por la difícil situación que estaba viviendo desde hace unos meses.
Abandonó el colegio unos minutos antes, pues el auxiliar le vino a avisar que ciertas personas lo estaban esperando en su casa.
Temió lo peor.
Sus más terribles temores se vieron confirmados cuando al salir y descolgar su mirada hacia abajo, por la calle de tierra, vio la camioneta y a los dos carabineros parados en su puerta.
-Vengo a retirar especies- le dijo el funcionario judicial, mientras le pedía que firmara el documento donde se consignaba la orden de embargo emitida por el tribunal.
Anselmo se sometió resignado al procedimiento. De nada serviría explicar al frío funcionario su situación actual, el abandono de su esposa e hijo y las circunstancias familiares que lo llevaron a pedir ese crédito que no pudo pagar.
El maestro observó con la mirada perdida como sus más mínimos y preciados enseres eran depositados sin ninguna delicadeza en la camioneta.
Luego advirtió el rostro de sus alumnos.
Por unos instantes se sintió avergonzado, pero una voz interior le dijo que lo que único que le quedaba era enfrentar su situación con dignidad.
Y así lo hizo.
Con la misma dignidad interior con que esa noche preparó su clase sentado en su cama -que era casi lo único que había quedado- enfrentó a sus alumnos a la mañana siguiente y dictó su clase de matemáticas.
servido por ricardoruizlolas
2 comentarios
compártelo
Alma, no me digas nada,
que para tu voz dormida
ya está mi puerta cerrada.
Una lámpara encendida
esperó toda la vida
tu llegada.
Los fríos de la Otoñada
penetraron por la herida
de la ventana entornada.
Mi lámpara encendida
dio una inmensa llamarada.
Hoy la hallarás extinguida…
Alma, no me digas nada,
que para tu voz dormida
ya está mi puerta cerrada.
Juan Guzmán Cruchaga tituló “Canción” a estos versos, que ya son clásicos de la lírica chilena.
Este pequeño y gran poema bien pudo haberse llamado “Nada es para siempre”. Es lo que pensamos cuando la vida nos hace experimentar en carne propia, su carácter cíclico que a veces no comprendemos.
Pareciera que los seres humanos tenemos la tendencia a aferrarnos a lo que nos es placentero y que a diario tenemos. Nos cuesta pensar que, en la vida, todo pasa.
Y no siempre estamos preparados para enfrentar los designios de nuestra existencia, aquellas circunstancias que no manejamos. Aquello que comúnmente llamamos “el destino”.
Entonces, viene la melancolía, la tristeza, esa intensa sensación que nos hace difícil enfrentar la nueva realidad.
Cuando a veces me pregunto ¿cuál es el sentido de la vida?, viene a mi mente lo que decía Ortega y Gasset: “la vida consiste en absorber las circunstancias” y generalmente esas circunstancias son las que no manejamos, ni tampoco prevemos y que a veces ni siquiera queremos aceptar.
Y cuando hemos perdido algo, la presencia física de un ser querido, incluso una situación material que nos era preciada, surge la melancolía. Es en esos momentos, donde el ser humano suele revelarse e incluso hasta cuestionar su destino.
Los más grandes artistas, especialmente los poetas, escribieron sus máximas creaciones en momentos de tristeza, de carencias afectivas. Un poeta chino del Siglo XVI dijo: “está bien que la melancolía y la tristeza, sobrevuelen por tu mente, pero no permitas que hagan un nido allí”.
servido por ricardoruizlolas
3 comentarios
compártelo